sábado, 23 de agosto de 2008

Cara de Cocker

No pasó de una ensoñación, tal vez. Hay momentos en la vida en que hay que ser radical. Esta historia se sostiene sobre dos pilares: dos cosas que me sobran. 1) Tengo un principio de pulmonía, lo que equivale, hasta el momento, a seis días de reposo (cautiverio), una dieta basada en antibióticas y de postre té de Fárfara (una delicia). 2) Adictos a la nicotina en mi casa.

A todo esto, estoy desquiciada. Soy una rampante en cautiverio. Una cara de perro cocker mojado, que lame un pañal de bebé sucio, mientras su dueña le festeja (libre interpretación). El humo me entra por nariz y las lágrimas me salen por los ojos. Todo es una curiosa mezcla de amor y sadomasoquismo.

Entonces, el momento triunfal. Pienso en escupir el pañal y morder a la dueña, mas me limito. Me siento junto a los fumadores con un cigarro de marihuana en una mano y el teléfono en la otra. Disco el número mágico, prendo el cigarro y espero las reacción de mi público, mientras saboreo el néctar de la rebeldía

miércoles, 30 de julio de 2008

Mi primer Lanza Papas


El día que Larry intentó construir su primer Lanza Papas, las cosas no salieron del todo bien. A esta ocurrencia le debe una quemadura en el lado derecho de su rostro que le deja al descubierto parte de la mandíbula y el contorno del ojo. ¿Todo esto por un simple caño de pvc rociado con Glade, Axe (o cualquier sustancia del estilo), que se debe introducir por un entremo del caño, tras colocar la papa por el otro, de modo tal que, al recibir el efecto de una chispa, salga disparada? (AIRE) Claro que no, es más, mucho más.

"Mi Lanza Papaz ¡Cuánta belleza en un zimple artefacto!", pronunciaba una y otra vez Larry, influenciado por el efecto de la morfina, en su cama del CTI del Casmu. "Todoz llevamoz un Lanza Papaz dentro", agregaba Larry con zetas morfinianas, mientras tomaba entre sus manos a Papa (su papa favorita).

Años después, una vez que la herida de Larry hubo cicatrizado, mi amor adolescente por él pasó ante la simple perspectiva de una mandíbula crocante que me saludaba, cada vez que su hermoso rostro giraba hacia la izquierda. Fue entonces, que decidí dedicarme a la poesía y a vender caravanas en la peatonal Sarandí, en lugar de vivir de él. Al principio me fue bien, pero con el tiempo, no me dio la plata para comer y empecé a alimentarme con una especie rara de lombriz anaranjada que pululaba por la Plaza Matriz.

Volviendo a la historia del pobre Larry. Éste decidió reiniciar su empresa: El Lanza Papas. Yo lo vi por la tele (una de una casa de electrodomésticos en 18 y Carlos Roxlo). Me sorprendí al ver cómo lo aclamaba el público, que no se animaba a mirarlo de cerca (reitero por las dudas: tenía la cara quemada que daba Asco, sí con mayúscula). Público que estaba constituído por chicas con portaligas rosa y polleritas de tenista, unas señoras, algún que otro científico, que iba a curiosear con complejo de superioridad profesional, más un periodista de El Minuano. Un 23 de octubre de 1987, en el Parque Nacional de Pequeños Emprendedores, el joven Larry lanzó su primer papa al aire.

Se rumoreaba que una papa, de Lanza Papas promedio, podía recorrer aproximadamente unos 2.5 metro, con el rozamiento de un día de octubre sin viento. Yo, del otro lado de la mencionada vitrina, observaba todo aquello con la calma de la mujer poco pasional que siempre he sido. Lo recuerdo como si fuera hoy: Larry logró lanzar a Papa y en ese preciso instante la gente dejó de aullar y los pájaros de trinar. Las manos de las jóvenes temblaban, el periodista dejó su cámara a un lado para observarlo todo con sus propios ojos, las señoras se cerraron la boca de un golpe con las manos, los hijos de las señoras, que antes saltaban por todos lados, estaban rígidos mirando hacia el cielo. Y los científicos... se querían morir de pena.


El hecho es que Papa (la papa predilecta, que fue lanzada a los buenos aires), airosa y salvaje, llena de esa belleza propia de lo inmaduro, lo potencial, lo que está esperando ser liberado con un Lanza Papas; salió volando con la fuera de los grandes. Larry, sonrió complacido, con una mirada que lindaba entre la satisfacción y el éxtasis. Papa ascendía más y más, cada vez más. Al punto en que desapareció en el cielo celeste primaveral y cruzó la atmósfera para encontrarse con las bellezas de su clase en el espacio estraterrestre.

Mi querido Larry (nuevamente querido luego de tal muestra de virilidad) viró del éxtasis a la gravedad (psicológica). Se dejó caer, quedando de rodillas sobre el césped húmedo del Parque. Entonces, tomó una papa simple de su cesto amarillo, se colocó el Lanza Papas en la boca, y tras un "No lo hagas, infeliz Larry", que la multitud exclamó al unísono, se quitó la vida.



Basado en una historia real. En memoria de mi estimadísmo Messengerman.

Nota de pie: aún no entiendo cómo hice para ver esto por la tele, si no habían cámaras filmando. Deben de ser asuntos metafísicos, causalidad.

viernes, 4 de julio de 2008

Lejos, pero cerca

Somos como una lágrima que un día cayó de los ojos de Dios y, al rozar la tierra, apenas se dividió: somos hermanos.

(La foto es de la carta que escribió Nacho, con cinco años, a mamá el día que yo nací. Y sí, lo voy a extrañar).

jueves, 3 de julio de 2008

Magnolia

-Por qué no me lo dijiste antes, por qué no lo hice antes. Ahora, parece tan fácil mezclarse entre la gente, besar desconocidos por la calle, aunque nos acusen, nos señalen, nos insulten, siempre, siempre podremos decirles la verdad, enseñarles una sonrisa perversa por su sencillez. Ahora parece tan auténtico, tan fácil andar sin ropas, no mentir, ni fingir. Parece fácil enamorarse de todo, ver la belleza en todo. No cuesta nada pedir perdón y, simplemente, reconocer que somos simples.

-Duerme, querida. Duerme para siempre. Yo te estaré amando.


Una vez más, llora con Magnolia: una flor rara, pero simple.

viernes, 6 de junio de 2008

Moriana en el país de los necios

Moriana, con 16 años encima y cara de galleta, se sienta a lo indio en un almohadón de seda rojo con flores verdes. Come una especie de buñuelo duro, hecho de unos cereales raros, que le dan un aspecto desagradable, como de vómito cocinado.

Ahora, Moriana coloca sus brazos a un lado, apoya las manos en el piso y, con movimientos lentos, tira las piernas hacia atrás, gira la espalda y levanta la cola hasta que su cabeza queda apoyada sobre el almohadón y sus piernas apuntando al cielo, con los pies juntos.

A uno metros de ella, bajo una pérgola con flores, una señora elegante, con unos 45 años encima y cara de castor, lee un libro de decoración. A su lado, un hombre, con unos 50 años encima y aspecto de pigmeo inglés, corta algunas flores secas de la pérgola, de a una, y les rocía con un líquido con olor a desinfectante.

-Papá, te dije que no hagas eso cuando estoy leyendo. Ese olor me perturba -dice la señora con cara de castor.

Papá -el señor pigmeo- asiente con la cabeza y sigue echando el desinfectante. Luego de unos segundos, Mamá Castor, insiste.

-Papá, el olor... Ah, había olvidado comentarte. Esta noche tenemos una cena en la casa de Emilia. Podrías hacer pan casero. Es una idea fantástica. Emilia ama tu pan de nuez. O ese que lleva chispitas de sangre. Digo... de chocolate.

Moriana escuacha la conversación, se incorpora y queda sentada a lo indio sobre su almohadón.

-Mamá, yo no puedo ir esta noche a lo de Emilia. Tengo clase de meditación con la señora Paz -dice la chica.

-Papá, qué te dije del olor. ¡Es un asco! Juro que no lo tolero. Me desconcentra. Me perturba. Ya no sé ni lo que digo -reitera la señora, que ha dejado el libro sobre la mesita de vidrio, que está junto a ella, y ahora, se acomoda el pelo.

-Mamá, dije que no puedo ir. Papá, ¿no hay problema? -dice Moriana, que ahora dirige su mirada al pigmeo.

Papá asiente con la cabeza y sigue rociando las flores, que ya chorrean agua. Se han formado charcos a los lados de la pérgola.

-Pan casero. ¡Qué delicia! Me encanta el pan casero. La última vez que comí, Papá, fue aquella noche... hace como tres años, en el cumpleaños de Emilia. ¿Te acordás, Papá? Qué bien la pasamos en aquella fiesta. Comimos tan bien. La casa nueva de Emilia era un primor. Ella es tan fina, tiene tan buen gusto. Cómo la envidio -dice Mamá Castor.

-Mamá, te estoy hablando. He dicho que no puedo ir. No te molesta, ¿no? -dice Moriana.

-Pero, para mí. Lo mejor de aquella noche, amén de que la cena fue sensacional, y la casa de Emilia era asombrosa, fue el pan casero. Mmm, cómo amo lo casero. Sin duda, Emilia tiene muchas cosas; ja, pero no te tiene a ti, mi amor, un marido tan ejemplar. Ah, querido, el marido de Emilia, será todo lo que quieras, pero no hace ese pan de nuez, ni el de pasas, ni... -la Señora Castor, se ha acercado a Papá Pigmeo y le acaricia el cuello amorosa, mientras éste sigue echando agua.

-La señora Paz, dice que no puedo hacer yoga si a la vez me drogo -dice Moriana-. No es por la marihuana. Ella también fumó de joven. Pero desde que conocí el achís, la merca, crack, éxtasis... Mmm los opiáceos... la morfina y heroína son lo máximo. Desde que el padre de mi ex novio, ahora sólo un amigo, trabaja en la Clínica -se ríe- hacemos de todo. Hemos experimentado todo tipo de cosas, robado sustancias, trnagredido los límites, burlado las normas legales y morales. La otra noche fuimos a una fiesta, claro que tenía que disimular, pues estaba mi novio actual, Fernando, y su hermano, que es algo así como un ex, y no podía quedar mal. Porque es un chico muy bueno -Moriana, se va tirando hacia delante mientras le habla a Mamá Castor, y agranda los ojos-. Como decía es un chico muy bueno, y los chicos buenos no me sirven porque, como te estarás dando cuenta, soy un desastre - pega una carcajada-. Soy un verdadero desastre. Hace tres días que no me baño y no hago más que comer pan de nuez, consumir alucinógenos y dormir con hombres mayores de 30 años, pervertidos, niños pervertidos y con sádicos. A veces con dos o tres, y hasta con mujeres. Salvo por Fernando, que es bueno.

-Papá, ese olor -dice Mamá Castor con tono imperativo-. ¡Me voy a enojar! Y sabés lo que pasa cuando me enojo.

-Mamá, estoy embarazada -una lágrima se desliza por la mejilla de Moriana y, de pronto, se empieza a reir de su propia capacidad como actriz. Primero con una risita nerviosa y disimulada, luego a carcajadas, a gritos, pero por una extraña razón, no puede parar de llorar. Se levanta de su almohadón y, mientras se aleja de Mamá Castor y Papá Pigmeo, se golpea en el vientre con fuerza, con ambas manos y codos, y grita-. Embarazada, embarazada, em-ba-ra-za-da -Es una nena y se va a llamar Heroína o Perra, como su abuela.

Mamá Castor mira a Moriana y luego a Papá Pigmeo. Toma su libro.

-Papá, la nena está quedando loca. Debe de ser el colegio nuevo. Es una pena.

Papá Pigmeo deja de echarle agua a las flores, que han quedado arrugadas. Entonces, moja sus dedos en uno de los charcos y se los coloca en los ojos. Dos lágrimas le corren ahora por las mejillas. Mamá mueve la cabeza, suspira y sigue leyendo. Papá la mira por unos segundos y arranca, de a una, las flores arrugadas.